Tres semanas con una mano rota

Autor: Marcus T

Me rompí la mano hace unos cuatro años. Se me quedó pillada en una puerta pesada del módulo de la Prisión Estatal de Georgia, allí en Reidsville, donde llevo encerrado ya casi siete años. Puedes llamarme Marcus.

El dolor me sobrevino al instante: agudo, luego palpitante. La mano se me hinchó muy rápido. Ese mismo día rellené una solicitud de consulta médica. Escribí que tenía la mano rota, que se me estaba hinchando mucho y que necesitaba ver a un médico. Aquí dentro, así funcionan las cosas. Escribes lo que te pasa en unos formularios de papel y los echas en un buzón del comedor. Luego, esperas.

No pasó nada.

Un par de días después presenté otra solicitud. Seguía sin pasar nada. La mano me seguía hinchando. Se me puso morada. No podía mover los dedos. Los funcionarios del módulo podían ver que la tenía fastidiada. Uno de ellos me dijo sin rodeos: «Lo de enfermería está saturado, véndatela tú mismo». ¿Que me la vende yo? ¿Con qué? Rasgué una camiseta e intenté hacer un cabestrillo con un trozo de cartón, pero eso no sirve de nada para los huesos rotos.

Debí de presentar seis o siete solicitudes en unas tres semanas. Algunos de los compañeros del módulo incluso intentaron decirles a los funcionarios que la cosa iba a peor. A nadie le importó. Solo dijeron que no estaba en su mano.

Tres semanas. Se me hinchó la mano el doble de su tamaño. Hubo noches en las que no podía dormir. No podía escribir cartas a casa. No lograba sujetar un libro como es debido. Cosas sencillas como abotonarme la camisa o atarme los zapatos se convirtieron en un sufrimiento.

Lo que al final pasó fue que mi compañero de celda —el tipo con el que comparto celda, lo llamaré D— llamó a su madre, allí fuera, y le contó lo que estaba ocurriendo. Ella llamó a la prisión, llamó a la oficina del director, empezó a armar ruido. Creo que incluso llamó a algún sitio de asistencia jurídica. Esa llamada le costó dinero. Las llamadas no son gratis aquí dentro y su familia no tiene mucho. Pero lo hizo sin que yo se lo pidiera siquiera.

Unos dos días después, vino un funcionario a mi celda y me dijo: «Prepara tus cosas, que te vas a enfermería». Así, sin más, después de tres semanas.

Cuando por fin me miró la mano el médico, negó con la cabeza. Dijo que las fracturas ya habían empezado a soldar y que no se podía hacer mucho sin volver a romper los huesos y operar. Dijeron que la prisión no tenía presupuesto para mandarme fuera a ese tipo de intervención. Así que me dieron ibuprofeno, me pusieron una férula como es debido cuando ya era demasiado tarde y me mandaron de vuelta a la celda.

Y ya está. Tres huesos rotos en la mano y todo lo que me llevé fue ibuprofeno y una férula con tres semanas de retraso.

Me quedé allí sentado, mirándolo fijamente. Recuerdo que pensé: ¿conque solo eso? ¿Me voy a quedar la mano fastidiada para siempre porque ustedes no se dignaron a mover un dedo? Al principio ni siquiera dije nada. Estaba demasiado enfadado para hablar. Luego le pregunté, le dije: «Entonces, ¿qué se supone que debo hacer yo?». Y él se me quedó mirando con esa cara de pena y dijo: «Controlaremos el dolor».

Controlar el dolor. Eso era todo lo que tenían para mí.

Ahora la mano derecha no me funciona bien y probablemente no me funcione nunca. Algunas noches no puedo dormir porque el dolor es muy intenso y lo único que me dan es paracetamol. Me duele cada vez que hace frío. Tengo 34 años. Entré aquí con 27. Me cayó una condena de 20 años. Tengo la condicional a la vista dentro de unos cuatro años, pero con eso no hay nada seguro. Así que podría estar aquí hasta los 47 si cumplo la condena entera. Ya con 34 años la mano no me va bien. ¿Qué va a ser de mí dentro de otros 20 años si no son capaces ni de arreglarme un hueso roto ahora?

Presenté una queja por todo el asunto y me la denegaron. Dijeron que el servicio médico había respondido en un «plazo razonable». ¿Tres semanas es razonable? Apelé y también me la denegaron. Todo el sistema de quejas es una tomadura de pelo: se investigan a sí mismos y no encuentran nada malo.

Intenté escribir al Defensor del Pueblo estatal, pero nunca recibí respuesta. Uno de los chicos de la biblioteca jurídica me dijo que podía presentar una demanda por indiferencia deliberada ante una necesidad médica grave, pero no tengo ni idea de cómo presentar una demanda. Apenas puedo escribir con la mano como la tengo ahora. La biblioteca jurídica es un cuartucho con un montón de libros de derecho viejos y un par de ordenadores que apenas funcionan. Hay que apuntarse para conseguir un turno y solo te dan como una hora semana sí, semana no. Intentar averiguar cómo se presentan papeles legales ahí dentro es como pretender aprender uno solo a ser médico con un manual de primeros auxilios. ¿Y conseguir los historiales médicos de la prisión? Buena suerte. Te lo ponen lo más difícil posible. Presento solicitudes de documentación y o se pierden o me las devuelven a las que les faltan la mitad de las páginas. Da la sensación de que todo el sistema está pensado para que no puedas pedirles cuentas.

Sé que no soy el único. Hay chavales por todo el módulo pasando por lo mismo: dentaduras cariadas que se les caen a pedazos, infecciones sin tratar, diabéticos a los que no les dan la insulina a tiempo.

Uno que se me quedó muy grabado fue un señor mayor al que llamábamos Pops. Tendría unos 60 años, llevaba mucho tiempo encerrado. Una noche le dio un dolor muy fuerte en el pecho, no podía respirar bien, sudaba a chorros. Estábamos dándole golpes a las puertas para llamar la atención de alguien. Pasó más de una hora hasta que por fin vino un funcionario a ver qué pasaba. Al final llamaron a enfermería, pero lo único que hicieron fue darle un antiácido y decirle que seguramente era acidez. Dos días después le volvió a pasar y esta vez tuvieron que sacarlo corriendo a un hospital. Resultó que aquella primera noche había tenido un infarto. Un infarto de verdad y le dieron un antiácido.

Pops sobrevivió, pero ya nunca volvió a ser el mismo. Se quedó más débil, se movía más despacio. Lo cambiaron a una litera de abajo; al menos eso sí se lo hicieron. Pero lo pusieron a tomar un montón de medicamentos nuevos y la mitad de las veces no llegaban a su hora. Él pedía las pastillas del corazón y le decían que el carro de la medicación iba con retraso o que todavía no le habían surtido la receta. Daba miedo ver aquello porque se le notaba el pánico en los ojos cada vez que se le encogía el pecho. Acabaron trasladándolo a otro centro unos seis meses después; he oído que era uno que tenía mejor unidad médica. Pero hizo falta un infarto para que lo llevaran allí.

Pienso mucho en Pops porque eso le podría pasar a cualquiera de nosotros aquí dentro. Si te haces lo bastante mayor o te pones lo bastante enfermo en prisión, da la sensación de que solo esperan a que te mueras en silencio para no tener que lidiar contigo.

Soy un ser humano, no un animal al que remiendas y tiras otra vez a la jaula. Es como que, en cuanto entras aquí, tu cuerpo ya no le importa a nadie.

Pero nosotros nos cuidamos unos a otros aquí dentro porque nadie más lo va a hacer. D y yo llevamos como cuatro años de compañeros de celda. Aquí dentro eso es como ser de la familia. Estás en un espacio más pequeño que el cuarto de baño de la mayoría, compartiéndolo todo: el aire, el ruido, la tensión. Aprendes muy rápido si te puedes fiar de alguien o no. D es buena gente. Ese tipo de cosas es lo que te mantiene humano en un sitio que intenta arrancarte todo eso de cuajo. Nos cuidamos el uno al otro, compartimos lo del economato cuando a uno le falta, nos mantenemos la cabeza en su sitio cuando las cosas se ponen negras. Sé que suena simple, pero aquí dentro tener a alguien en quien puedes confiar tu vida —y lo digo literalmente— lo es todo.

Los chicos de la biblioteca jurídica, los abogados carcelarios, comparten lo que saben sin cobrar. Algunos todavía tienen fuego dentro. Creen que si encuentran la jurisprudencia adecuada, el argumento apropiado, pueden ganar algo. Y a veces lo hacen: he visto a compañeros conseguir pequeñas victorias, sacar un fallo que dice que la prisión tiene que hacer algo distinto. Pero la mayoría de las veces es una batalla cuesta arriba y la gente se va desgastando. A los que llevan años luchando y no dejan de denegarles las cosas se les nota en los ojos: están cansados. Pero siguen porque, ¿qué vas a hacer si no? ¿Quedarte sentado en la celda y aguantarte?

En mi caso personal, voy y vengo. Hay días en los que me apetece luchar, otros en los que solo quiero cumplir la condena y salir con lo que quede de mí. Intento cuidarme lo mejor que puedo: hago ejercicio en el patio, bebo agua, evito la comida basura del economato siempre que me alcanza el dinero. Pero ¿de qué sirve todo eso si el propio sistema no te cuida cuando algo sale mal?

Por eso, en parte, cuando oí hablar de este programa, Cuenta Mi Historia, quise participar. Porque a lo mejor, si suficientes personas se enteran de lo que está pasando de verdad en estos sitios, algo puede cambiar. No me hago ilusiones, pero al menos mi historia estaría ahí fuera. Al menos alguien sabría lo que me pasó a mí, y a Pops, y a todos los demás chavales que están pasando por esto.

Seguimos siendo personas aquí dentro, aunque el sistema no nos trate como tal.

You just read about people suffering in state custody. The least you can do is make sure other people read it too. Share this story.

Spread the Word — It Takes One Click

Deja un comentario

Report a Problem